viernes, 10 de agosto de 2018

Todas las fiestas de mañana

"El único momento que quiero ser alguien es afuera de una fiesta, así puedo entrar"

“The only time I ever want to be something is outside a party so I can get in.” 

Andy Warhol


lunes, 4 de junio de 2018

Susie por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito

Al leer Calvin & Hobbes, el personaje de Susie Derkins se impuso como uno de mis favoritos. Creo que el pincel de Bill Watterson hace un pequeño prodigio en el retrato de la infancia a través de ese personaje: evita los rasgos típicamente sexistas de muchos autores y retrata a la niña sin demasiada imposición de las convenciones para pensar el cuerpo femenino. Hay algo bastante andrógino en Susie que me gusta, una apuesta jugada para ser una historieta que apela al universo infantil, que a veces son historietas muy reaccionarias para reflejar lo lúdico en relación con el género que somos, cuando nos dejan, en la niñez. Por estas cuestiones, entre otras, es porque para mí ella es una superheroína, y por eso la elegí para dibujarla como propuesta para la convocatoria de #SuperheroinasPorElAbortoLegalSeguroyGratuito que hizo Verónica García.

Más sobre Calvin & Hobbes en el blog: Calvinista y Calvin & Hobbes' Not Dead

miércoles, 23 de mayo de 2018

Mostra glam


Ayer fui a ver la última de Avengers en 3D y me gustó muchísimo, al punto que me inspiró para empezar a escribir un show de stand up. Acá empecé a bocetarlo:
Finalmente fui a ver Avengers: Infinity War y lo voy a decir sin vaselina: alta trolada me pareció. No entiendo como nadie me dijo que era la máxima expresión de una película de superhéroes LGBTIQ. Thanos está en la mejor tradición de lxs villanxs queer, disputando el número uno en el podio con la tentacular Úrsula de La Sirenita y la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Thanos es el ogro galáctico más marica que recuerde ver en cine. O qué pueden decirme de un tipo que esté buscando unas piedras preciosas, que tienen casi los colores de la bandera del arco iris, para adornar su guante dorado y ser la máster más mala del universo. Creo que esa pasión que tiene por la bijou del espacio sideral la convierte en mostra glam que cruza Ziggy Stardust con Priscilla, la Reina del Desierto. Y miren que me leí hace unos años la historieta The Infinity Gauntlet, pero ahí el Thanos no era tan puto, para mí en la película lo quisieron sacar del clóset. Y ni hablar de sus trajes. Creo que cuando Liberace hacía de villano en la serie camp de Batman de los sesenta daba más hétero que Thanos. ¿Un villano sensible que lagrimea? A mí todo el tiempo me daba Rob Halford con esa calva y el look sadomaso glam. Pero además de él, ¿los superhéroes no les parecieron un toque muy arregladitos, muy vestidos cool con trajes negros para salir de noche a la disco de moda? Y las superheroínas algunas dan tortas, otras trans o drags. Me confundo. No sé, pero por momentos, al ver a todos esos super personajes juntos, me pareció un toque la Marcha del Orgullo. Pero lo que es más objetivo es que esta película tiene la escena más homoerótica del cine de superhéores (va un spoiler): Thor de pelo corto viene volando del cielo y, como Cupido, le ensarta como saeta su nueva hacha en el corazón de Thanos y quedan un rato largo unidos, abrazados frente a frente, los rostros cerca a punto de comerse la boca. ¿Qué onda? Esto antes con el martillo no pasaba ¿A mí solo me pareció puro romanticismo gay? No leí el guión, pero seguro en algún momento tiene que decir "Thor lo clava a Thanos", y la verdad es que no hay manera heterosexual de escribir eso. Pero bueno, sigan negando la realidad, y vean la película que quieran. Yo creo que la saga de esta película la tienen que dirigir las hermanas Lana y Lilly Wachowski, que a ellas les gustan tanto los cómics.

Pantallas soñadas


Hace un año había hecho una lista a pedido en Facebook de recomendaciones de cineastas oníricos que más me gustan, como alternativa a la celebridad y prestigio de David Lynch. La recuperé ahora y la sumo al blog. Es una enumeración de recomendaciones de películas de cineastas que me hacen soñar en la vigilia. Eso.

1- Betzy Bromberg: Divinity Gratis, A Darkness Swallowed y Voluptuous Sleep, en ese orden, que es cronológico. Son alucinaciones en 16mm, y se proyectan poco, pero agendalas mentalmente para verlas cuando se den. Si no mirá algunas películas de las que ella hizo supervisión óptica como Terminator 2 y Killer Klowns.

2- Alain Guiraudie: El desconocido del lago, Pas de repos pour les braves y El rey de la evasión, en ese orden.

3- Maya Deren: Meshes of the afternoon, At Land o The Private Life Of A Cat (la escena de la gata pariendo en una caja es mejor a todo lo freak de Eraserhead)

4- Marie Losier: Tony Conrad, DreaMinimalist (o cualquiera de sus retratos de vanguardia a cineastas de vanguardia) y The Ballad of Genesis and Lady Jaye.

5- Carl Dreyer: Vampyr (y vas a ver a quién le roba David Lynch) y Dies irae, para empezar a querer ver todo lo demás.

6- Luis Buñuel: Ensayo de un crimen primero y después cualquiera de las mexicanas, son todas buenas (sí, sí, incluida la de Libertad Lamarque y Jorge Negrete), después Viridiana y para el final las francesas, que son las peorcitas.

7- Marina de Van: En la piel es la única que vi de ella, es suficiente e INCREÍBLE.

8- Kurt Kren: Asyl y 20.September, la primera es estructuralista y la segunda es una performance extrema, una muestra de cada estilo de las películas que hacía, que son todos cortos, después elegís si querés ver más estructuralistas o performáticas o las dos.

9- Edgar Ulmer: Detour, El gato negro y El hombre del planeta X: sus hits que son demoledores, un film noir, una de terror y otra de ciencia ficción, el tipo que hacía 
bien todo eso que nos gusta.

10- Apichatpong: Mysterious Object at Noon (cadáver exquisito documental) y Tropical Malady.

11- Hermanos Quay: Calle de los cocodrilos y TODOS SUS CORTOS ANIMADOS, son como Tim Burton sin el pop y con la oscuridad de Europa del Este (aunque son americanos filmando en Inglaterra). En los largos hicieron otra cosa, son buenos, claro, pero igual sus cortos son tremendos.

12- Jan Svankmajer: Conspiradores de placer, una película infinita, después sus cortos animados.

miércoles, 4 de abril de 2018

Game Over

Este texto tiene diez mil spoilers.

Terminé de ver Ready Player One y pensé que aunque la emoción no me llegó nunca, la película estaba bien, en su virtuosismo pop. No quería transformarme en el clisé de quien sale puteando a Spielberg, quería que me divierta tanto como 1941 (una de mis preferidas de él, junto con Tiburón), y volví a decirme que no la pasé mal.

Para decir eso, que la película me dejó frío pero que no estaba mal, aclaré a los amigos con los que fui ayer al IMAX a verla, que tenía que dejar de lado que la película me lastimó mucho por su profunda gordofobia (lo peor para los personajes y para el realizador es enamorarse de alguien en el mundo virtual y descubrir que es un tipo que pesa 130 kilos, o sea que para Spielberg yo estoy superando en diez kilos lo peor). Posta, sí, leyeron bien, dejé de lado la herida, porque sé que aunque eso es una mierda. lo puedo denunciar, combatir, pero la boludez humana no debería impedirme gozar del juego que propone la película. Y todo lo que voy a decir desde ahora, no lo digo porque sangro por la herida.
Pero no, hoy me desperté y estuve pensando mucho y sí, tengo que decirlo: la película de Spielberg me parece una mierda. Bosta pura. Incluso me hizo revisar críticamente su obra. A Ready Player One no lo salva ni poner a un Gremlin corriendo ni el chiste de tirar un Chucky en medio de la batalla, porque Spielberg ya no va a estar nunca en el lado Joe Dante ni Don Mancini del mundo. Spielberg es solemne, ya no sabe qué hacer con el humor y parece que ya no puede ponerse a jugar. Nunca haría ET 2, a diferencia de lo que enuncia el genio nerd de la película, Spielberg cancela el juego, no cree que un muñeco pueda ser la pieza delirante de un juego infinito y anárquico (hay que ser un ludópata libertario para hacer de un muñeco diabólico o de un peluche monstruo una saga). El tipo que le cambió el gran título a Los superjuguetes duran todo el verano para rebautizarlo con el pomposo Inteligencia Artificial (una película donde Spielberg hereda la solemnidad de Kubrick), ya no merece tener a mano ese superjuguete que es el cine. Pero no fue ahí que Spielberg me dejó de gustar, sino antes, cuando en su reversión de ET borró las armas de los policías (ejem, ver foto abajo), y entonces comencé la desconfianza sobre su obra. No se trataba de dejar de valorar o dejar de volver a asombrarme por sus prodigios pasados, sino saber que el tipo ya no era el mismo.


Ready Player One es una película que proclama repetidamente ¡viva el juego!, quiere ser una marcha del Día del Orgullo Gamer pero termina con unos pibes que prohíben que la gente juegue durante un par de días a la semana. POSTA. ¿Me estás cargando, Spielberg? ¿Un régimen donde el capitalismo dice cuándo se puede jugar de una manera y cuándo no? Gracias, paso. Si no se puede jugar todos los días no me interesa tu cine, facho careta.
PS: La secuencia en versión gamer de El resplandor (una película que detesto, obviamente, es el arty kubrickoso en el cine de terror) me podría parecer divertida como forma destructiva de esa solemnidad hecha de travellings por hotel despoblado y por separadores de gore cute. Pero no. Igual, la mejor venganza infinita para Spielberg, que quiere heredar el lugar de su admirado Kubrick, es que el director de La naranja mecánica odiaba al director de las Indiana Jones, como queda bien dicho en el libro de Frederic Raphael, Aquí Kubrick. Así que Spielberg (que en general me gusta más que Kubrick, quiero aclarar, aunque Kubrick tiene películas escritas por Jim Thompson -las únicas que valen de Stanley- que son mejores que todo lo que hizo Spielberg). Bueno, eso, me siento feliz que Spielberg tenga que vivir con el odio eterno de Kubrick.
PS2: El texto terminaba originalmente con la oración: "Chupame el culo de 145 kilos, Spielberg", pero me pareció un poco fuerte y se iban a confundir los tantos, así que la saqué.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Mostra de dibujos

Vikingos en bikini, autorretratos, Enrique Raab, Ramones, Emma Goldman, aves rapaces, Alberto Greco, y otros delirios queer en mi primera muestra individual en Librería Punc, que se puede ver hasta el 21 de marzo. Acá la nota sobre la muestra de Liliana Viola en el suplemento Soy de Página/12: Una imagen vale más

jueves, 8 de febrero de 2018

El golpe maestro


Una parte breve de este texto periodístico que escribí fue publicado en el Diario del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de 2015, del que fui editor, cuando se proyectó por primera vez en Argentina el corto Los 4 golpes, dirigido por François Truffaut en ¡Mar del Plata en 1962! Ahora va la versión completa como regalo de cumpleaños al gran Truffaut.

En 1962, François Truffaut había filmado Los 400 golpes y Jules et Jim, y aunque comenzaba a alejarse de la crítica de cine, que había ejercido en varios medios como Cahiers du Cinéma, aún estaba entre el periodismo y la dirección de cine. De hecho, todavía preparaba su obra maestra como crítico, el libro El cine según Hitchcock que editaría en 1966, para el cual ejercía su pasión cinéfila visitando la cinemateca de Bélgica, que le proyectaba las películas del maestro del suspense para planificar sus entrevistas meticulosas. En esa época, Truffaut fue invitado a la competencia del Festival de Cine de Mar del Plata, donde ganó como Mejor Director por Jules et Jim. Durante su estadía en el Hotel Hermitage, filmó un corto en 16mm, una suerte de policial, tal vez otro de sus homenajes a Hitchcock, tal vez el epílogo de su anterior película, Disparen sobre el pianista. Ese corto fue llamado Los 4 golpes, así en español, como un título paródico a su ópera prima. Lo cierto es que el corto permaneció en la sombra porque Truffaut, devolviendo el favor que le hicieron al proyectarle las películas de Hitch, le regaló a la cinemateca belga Los 4 golpes y quedó archivado e inédito por décadas.

La primera excentricidad extrema de Los 4 golpes es el casting de las tres mujeres que coprotagonizan con Truffaut. El corto se basa en una idea de la escritora francoargentina Gloria Alcorta, quien también actúa como víctima del asesino interpretado por Truffaut. Alcorta era hija de padres argentinos nacida en Francia, donde vivió muchos años. Se sabe que, por ejemplo, era amiga de Jean Cocteau, tal vez también participe en el corto por haber sido amiga de Truffaut. Alcorta ya era un autora conocida tanto en Francia como en Argentina por sus obras de teatro y sus cuentos, y ese año había publicado la novela Noches de nadie. Tal vez el papel en este corto sea su única participación en cine.
La mujer de pelo corto que es perseguida por Truffaut por el lobby del Hotel Hermitage es Christiane Rochefort, artista múltiple y parte del movimiento feminista francés, que en ese momento ya había publicado más de media docena de libros, como su best seller de 1958 Le Repos du guerrier, que justo el año en que participó en el corto de Truffaut fue adaptado al cine por Roger Vadim y protagonizada por Brigitte Bardot.
Marie Laforêt, quien interpreta a una de las cómplices del asesino, es cantante y actriz: había debutado en cine dos años antes con Alain Delon en la adaptación dirigida por René Clément de A pleno sol, la novela de Patricia Highsmith.
Extrañamente confluyendo en el Festival de Cine de Mar del Plata, Truffaut, Alcorta, Rochefort y Laforêt se encerraron para filmar el corto en el lobby del Hotel Hermitage, donde transcurre toda la acción, para hacer un pequeño relato mudo donde se pueden reconocer estatuas, muebles y la puerta giratoria que todavía existe en esa locación balnearia.


Suerte de comedia negra, Los 4 golpes es el eslabón perdido entre las locuras slapsticks mudas de Mack Sennett y los cortos oscuros de Roman Polanski, donde además Truffaut hace una suerte de metapelícula, porque rompe la narración ficcional para mostrar el detrás de cámara y darle instrucciones al camarógrafo para filmar su asesinato. Ese backstage puede verse como influido por el contexto, porque el corto se filmó durante un festival de cine, pero también prefigura algunas escenas de La noche americana, la película sobre el cine también dirigida y protagonizada por Truffaut que ganaría el Oscar a Mejor Película Extranjera doce años después. En su extrañeza radical, en su blanco y negro documental que se vuelve ficción absurda, Los 4 golpes es una buena pócima en frasco chico de la oscura felicidad propia de las mejores películas de Truffaut.

martes, 4 de julio de 2017

Extraña posesión


No sé cuántas veces vi El exorcista, en televisión y en cine, tanto el corte original como la versión extendida. Cada vez que la vuelvo a ver me sorprendo de detalles, además de que tengo mis propios fetiches a lo largo del relato. Ninguna versión es mejor que la otra, es un caso raro en la historia del cine. Y eso tiene su lógica, porque el demonio es transformación, cambio, legión, confusión. El corte original tiene ese aplastante realismo setentoso que la hace más fantástica, genéricamente hablando, y demoníaca que la pura fantasía desbocada. La spider walk, que consisten en Regan bajando la escalera contorsionada como una araña, es una secuencia virtuosa, incluso una de las más logradas de la película, pero quiebra la ambigüedad en relación a la posesión satánica muy pronto en el relato y, aunque puede desgastar los excesos del clímax, tiene una potencia física inédita para tiempos sin cgi, y por eso se agradece la inclusión en la versión extendida. 

Sin embargo, más allá de toda la violencia, el vómito y la blasfemia que ruedan escaleras abajo en ese duelo de catch entre la piba lucifer y las chupacirios, lo que siempre más me aterroriza de El exorcista son las secuencias de hospital. Cuando llevan a la adolescente a examinar, convertida en un cuerpo de estudio en quirófanos, los médicos la inspeccionan como un insecto en un frasco esterilizado, como bacteria en microscopio, y a mí se me ponen los pelos de punta. Esa sala de colores fríos, donde toda piel es potencialmente una amenaza viral y por eso está cubierta por barbijos, delantales, gorras, gasas y sábanas, es la máxima deshumanización, especialmente cuando el cuerpo está entregado a máquinas que lo atraviesan, lo radiografían. El infierno siempre me pareció un lugar más cálido, especialmente el infierno gélido en la habitación de Regan, una creación perfecta de la película: las llamas del averno convertidas en escarcha. ¡Si en el infierno no se necesita aire acondicionado siempre será mi lugar en el mundo! Por eso, en posesión de la creativa violencia de Satán, yo me siento más a gusto, me tuerzo de emoción y prefiero acomodarme en ese cuadrilátero abismal del cuarto de Regan antes que entre el disciplinario ascetismo de la ciencia médica.

Vi El exorcista por primera vez en tv en los 80, cuando tenía casi la misma edad de Regan, lo que implicaba una identificación primaria con ella. De hecho, fui el único de sexto grado que la vio completa en su primer pase televisivo, y eso me convirtió en el ídolo entre mis compañeros de colegio al otro día, quienes me pedían que cuente aquello satánico que había visto en mi Talent Color. A los demás pibes no los dejaron verla o no se atrevieron. Creo que El exorcista me convirtió en cinéfilo cuando tenía 11 años. Mi cinefilia comenzó como una forma de posesión diabólica, y por eso se resiste a cualquier curación, no tiene remedio.

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Dónde está Loo-Kee?


Para mí fue importante que She-Ra, a través de una estética muy girly, muy colorinche, hiciese salir del clóset a He-Man, porque ese universo de Masters of the Universe (Motu) era muy camp, una fantasía de libro para pintar, con un musculoso sobreexhibido como centro, en un arnés como sadomaso. El homoerotismo del héroe de He-Man fue más explícito gracias a la feminización de She-Ra. Como un péplum de fantasía donde los musculosos que lo protagonizan viviesen sobre el arcoíris. Pero también, She-Ra era el poder femenino, un dibujo animado donde una mujer tenía el poder pleno, dominaba, especialmente en el contexto de la aventura y la lucha, donde no siempre domina la mujer. Eso era infrecuente, especialmente en los dibujos animados.

Pero personalmente, lo que me dejó She-Ra es una enseñanza enorme sobre la dimensión de la imagen, hecho que terminó de precipitar mi iconofilia para finalmente convertirme en crítico de cine. Porque ese dibujo animado tenía algo especial: un personaje llamado Loo-Kee se escondía en cada episodio entre los pliegues de los fondos dibujados (fondos que, además, eran paisajes de bosques delirantes, muy lisérgicos). Y el juego que proponía de manera original la serie animada consistía en descubrir en qué imagen del episodio se escondía Loo-Kee, una especie de ¿Dónde está Wally? insertado en cada episodio. Había que mirar cada encuadre con un ojo potenciado, prestando atención a la acción y a la composición, a toda la dimensión narrativa y estética de la imagen, para detectar al personaje oculto. Al final de cada episodio se revelaba dónde había estado oculto el Loo-Kee, que era una suerte de duende animaloide, con pelo bicolor y traje colorinche, un ser muy gay. Ese juego de buscar en los pliegues de la imagen, en lo supuestamente decorativo, me sirvió de entrenamiento como espectador lúcido. Y además She-Ra convierte a lo decorativo en una forma de espesor que esconde un pequeño juego, un enigma, un pasadizo secreto.

No es casual que, de grande, cuando vi los extras de la edición de dvd y leí sobre la serie, descubro que She-Ra, a diferencia de la serie He-Man, no fue creada directamente por Mattel para vender muñecos, sino que fue pensada por animadores, los personajes de She-Ra fueron creados por gente que hacía animación, por eso es más cinematográfica. De hecho, algunos creadores de los capítulos confesaban que habían creado episodios inspirados en John Ford, por ejemplo. Eso tiene que ver con tomarse la fantasía multicolor de She-Ra con criterios más densos cinematográficamente, esa es parte de la dimensión más estética que tiene esa serie. Y esa idea de cultura es la que me define: pertenezco al grupo de personas que van de John Ford a She-Ra, de la cinefilia canónica, legitimada, a la cultura pop más lateral, menos jerárquica. She-Ra y su duende me transformaron en crítico de cine.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Había una canción escondida



Uno de los mejores momentos de 2014 fue la filmación de este videoclip para la canción Omar de Bestia Bebé. Nada más que agregar, solo muchas gracias a Tom Quintans y toda la gente que participó, que están nombrados acá abajo.

Bestia Bebé - Omar

Actúan: Ronald, La Baby, Klaurock, Doktor Chali, González, Platón, Carlos, Big Diego, El Pelado.
Dirección: Diego Trerotola.
Cámara: Andrea Guzmán, María Zamtlejfer. 
Edición: Juan Pablo Menchón. 
Asistentes: Pancho y Tony.

bestiabebe.com.ar
laptra.com.ar
correo@bestiabebe.com.ar

Buenos Aires, Argentina 2014.

martes, 2 de septiembre de 2014

Ladrones de flores de cementerio


Cuando ganó la beca para estudiar cine en Italia, Manuel Puig quería cumplir el deseo de traspasar la pantalla, de arañar hasta desgarrar esa tela que separa al público de cineastas y estrellas para poder ser un habitante de esa perspectiva que la imagen nos ofrece y nos niega, esa trampa para el ojo voyeur. En la escuela romana, las cosas no fueron fáciles para ese joven que de niño recortaba fotos de las estrellas favoritas que alucinaba en un cine pampero para crear su propio libro cinematográfico. El neorrealismo italiano de esos años regía la educación con una estética y una narrativa que para Puig era inhabitable, a él lo movía un glamour y un éxtasis de melodrama estilizado que casi era impronunciable en los parámetros cinematográficos de esa escuela. Tener un carné de estudiante le permitía a Puig ver sin mucho gasto las películas que se correspondían con su lengua materna cinéfila, con su idioma estético. Como era políglota, también trabajaba como traductor de subtítulos para películas italianas y así pudo seguir ejerciendo su cinefilia glam. En esos momentos fue que encontró su propio sistema de traducción: mientras escribía un ejercicio de guión para la escuela, la voz de un personaje se desvió y le trazó la línea que lo llevaría a ser el primer y más grande novelista pop de Latinoamérica. Ese guión tuvo etapas de mutación hasta que se llamó La traición de Rita Hayworth, fue la novela donde Puig tradujo a un nuevo lenguaje su experiencia desde la infancia con el cine, desviando las imágenes de las películas con un ticket único que le permitía viajar de la literatura a la pantalla. En su traducción de Rita Hayworth, el glam se degradaba hasta mostrar otras caras, abriendo perspectivas, multiplicando las imágenes como cuando una película comienza a pasar mal por el proyector y los fotogramas tiemblan en la pantalla, produciendo fantasmas alrededor de los cuerpos, haciendo visible un aura por el pulso trabado del deslizamiento del celuloide. Esos accidentes que producen desvíos de magia inesperada.


La historia contenida en La traición de Rita Hayworth comienza en La Plata, un lugar donde el migrante Puig vivió alguna vez. Yates de pantano también tuvo su crash incial en La Plata, donde coincidieron Romina Iglesias y Antolín, ambos migrando de otros lugares con distintos planes pero también para seguir buscando lo que Puig viajó a encontrar a Italia: multiplicar la experiencia de esas imágenes con que el cine sigue fraguando nuestra personalidad y la de nuestra generación. Aunque mutando de pantallas, yendo de la monstruosa dimensión de la sala de cine al rectángulo domesticado de la computadora, el cine todavía sigue incólume en su capacidad de interpelar hasta la conmoción, pero ahora se lo puede desmontar hasta fetichizar el fragmento o poder capturarlo para llevarlo puesto. Pero también se lo puede profanar volverlo a trazar desviado desde nuestra subjetividad, nuestro estilo, nuestro glam degradado, un poco como retribución (y casi como venganza) por todo lo que nos afectan. En ese plan, Iglesias y Antolín le imprimen ese afecto y esa afectación a los frames, los fotogramas y las fotografías para que tengan una sobrevida zombie, el lujo de una forma atrofiada de eternidad. Ladrones de flores de cementerio con la convicción de que pueden evitar que se marchite el fulgor. Iglesias navega en impresiones de sensualidad sensorial sobre superficies pulidas de terror gótico donde la lujuria ritualista es el precipicio para un deporte extremo de elegancia amenazante; Antolín se hunde en la contemplación del instante donde la dispersión y la concentración estéticas se superponen para ir por los géneros cinematográficos sin pirotecnia pero que igual alcanza un clímax intenso, inédito, íntimo de calidez pop. Ambos están en ese filo donde traducir la imagen ajena es inventar el propio lenguaje en la confusión del píxel y el pincel para cartografiar el accidente geográfico de sus miradas, como los lectores de iris que nos encandilan para reconocer nuestra identidad.

Diego Trerotola


Casa Brandon
presenta

YATES DE PANTANO

Una muestra de Romina Iglesias y Antolín


Musicalizan Martha de la Gente y DJ Gatito
Curaduría Diego Trerotola

Inauguración
 miércoles 3 de septiembre, 20 horas
Luis María Drago 236

miércoles, 25 de junio de 2014

El rey del falsete



Hace cinco años, al momento de la muerte de Michael Jackson, publiqué esta nota, con el título El rey mutante, en el Suplemento Soy de Página/12. Todavía creo que tiene vigencia, porque el mito sigue vivo.
En su libro Cool Memories, un diario formado por ensayos rotos y mínimos, Jean Baudrillard viaja por la cultura del primer lustro de los ’80 para seguir el pulso de su tiempo, para tratar de hacer el libro más contemporáneo posible. En su elíptica captura de ese presente, Baudrillard se cruza a mitad de su camino con el Michael Jackson de Thriller y lo define con una cita del sociólogo Alain Soral: “Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto porque es universal, la nueva raza a partir de las razas, por así decirlo. Los niños de hoy no tienen un bloqueo en relación con una sociedad mestiza: éste es su universo, y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan para un futuro ideal”. A esa idea nítida sobre una nueva forma de mestizaje cultural, Baudrillard agrega: “Michael se ha hecho rehacer el rostro, desrizar su cabello, aclarar la piel, o sea que se ha construido minuciosamente: esto es lo que lo convierte en un niño inocente y puro; el andrógino artificial de la fábula que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo, dado que es más que un niño dios: un niño prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos liberarían de la raza y del sexo”. Unos años después, Baudrillard vuelve a invocar a Jackson para soltar la frase más contundente de su versión de las nuevas sensibilidades de los ’80, donde la política de la diferencia de la revolución sexual se volvía “juego de la indiferencia” de los sexos: “Todos somos transexuales. Así como todos somos mutantes biológicos en potencia, también somos transexuales en potencia. Y ni siquiera es una cuestión de biología. Todos somos simbólicamente transexuales”. La biografía de Jackson lo autorizaba a semejante afirmación, y es verdad que el Rey del Pop fue la quintaesencia de una nueva clase de monstruo que modeló la tecnología. El monstruo en que nos trasformamos todxs.

EL EXTRAÑO MUNDO DE JACKSON

En el comienzo de todo fue el espanto: Thriller fue catalizador de mutaciones y el principal afectado por su radiación fue Michael Jackson. Es verdad que todo comenzó en Jackson 5, en esa infancia corrompida por el pop donde el niño perdió la inocencia que trató de recuperar convertido en un andrógino Peter Pan que sueña desesperadamente la tierra del Nunca Jamás. Si bien es cierto, ese dato biográfico del niño estrella volcado a reconstruirse como ficción de la industria de la música es recién en Thriller donde adquiere mayor importancia, cuando su vida se transforma en una tecnoficción. Ese disco-Frankenstein no sólo cambió la historia de la música pop, con su híbrido de estilos del hard rock a la balada, pasando por el pop bailable, sino que, sobre todo, la revolución de Jackson se hizo cuerpo en el videoclip como forma de arte total, como juguete tecnológico ideal para la metamorfosis. Abrevando en la estética homoerótica de la película de terror adolescente de la década del ’50, en el video Thriller Jackson se transformaba en Gato Monstruo y en zombie, convertido en el rey del terror pop gracias a los efectos de maquillaje de las manos mágicas de Rick Baker, un cirujano-artista-plástico del cine, también creador de FX de Videodrome de David Cronenberg, una película sobre el cuerpo con prótesis de video. Y desde ese momento Michael Jackson fue un cyborg cronenbergiano, y se puede hacer una biografía de él a partir de sus videoclips, que absorbieron su existencia trocada en imagen táctil de su cuerpo. Su sexo no era masculino ni femenino, porque no era biológico, era tecnológico, tenía el sexo del cyborg, antes que Donna Haraway lo definiera en su manifiesto sociofeminista sobre la construcción de los géneros de 1991: “Un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido maquinal y orgánico, una criatura de la realidad social tanto como una criatura de la ficción”. Jackson hizo del cuerpo su discurso, más que otrxs ídolos del pop/rock, porque era un cantante-bailarín de gracia felina, donde su paso más famoso, el moon walk, ponía en escena su doble direccionalidad característica: el paso fingía la mímica de caminar hacia adelante pero se deslizaba hacia atrás. Pero sobre todo Jackson fue un cuerpo mediado por la tecnología, donde se transformaba, videoclip mediante, en un ser extremadamente proteico: no era ni blanco ni negro, ni masculino ni femenino, ni joven ni viejo, ni atlético ni enfermo, ni humano ni animal, ni lindo ni feo y, sobre todo, ni bueno ni malo: al papel del delincuente juvenil que le gustaba interpretar en los videos se le superponía el inofensivo ángel de la luz asexuado. En la secuencia de la canción “Speed Demon” de su película Moonwalker (1988), Will Vinton lo convierte en muñeco de plastilina, dibujo animado, y cuando baila como humano está literalmente fuera de la ley: es que Jackson movía la pelvis con una ambigüedad insólita, su mano en la bragueta a veces parecía agarrar el paquete y a veces su dedo se hundía como si tuviese las dos gónadas del hermafrodita perfectx. En su otro videoclip célebre, Black or White (1991), fue el primero en usar el software morphing virando el rostro de personas de distintas razas y pigmentaciones, y convirtiéndose él mismo en pantera negra: su cuerpo de cyborg ya devenido software lo liberó de la identidad sexual y racial. Identidad deriva de idéntico, y Jackson, como buen mutante, nunca quiso ser igual.

CADAVER EXQUISITO

Si me permiten la expresión, Jackson fue claro desde el principio: al aceptar hacer el rol del Espantapájaros en The Wiz (1978), la remake del clásico camp El mago de Oz, sabía que su destino era ser un monstruo de cuento infantil, el freak domesticado, hogareño, que acompaña los sueños de una generación como el ET de Spielberg para el que compuso una canción. En Thriller quedó establecido, pero se subrayó en Ghosts (1997), un mediometraje dirigido por Stan Winston, quien junto a Rick Baker sería el artista de efecto de maquillaje más virtuoso del Hollywood fantástico. Ahí, con la tecnología digital, el cuerpo de Jackson dejó de ser analógico para explorar nuevas transformaciones virtuales: el rey del pop es ahora rey del píxel, fantasma en la máquina, materia incorpórea que atraviesa todos los cuerpos, como su voz, como ese falsete que lo hizo famoso, el más célebre de la historia de la música, que viaja a la velocidad de la ambigüedad, porque es un quejido de animal en celo con timbre humanoide andrógino. Si existen las reinas del grito del cine de terror, las scream queens, Jackson fue más que el rey del pop, el rey del falsete: la voz artificial fue su modulación predilecta hasta el punto de ser la canción de todxs. Cantar y bailar es falsearlo todo: lo natural queda fuera del cuerpo. En Cool Memories, Baudrillard escribía que “la música del walkman penetra en nuestro cuerpo como en un sueño”, Jackson fue ese sueño tecnológico que nos atravesó para siempre, que nos cambió nuestro cabezal natural por uno de género artificial indefinido. Al igual que Valentino fue al cine la apolínea figura que perturbó en los ’20 las concepciones sobre lo masculino y lo femenino, enloqueciendo a una generación con su erotismo visual indeterminado, Jackson fue el cyborg que hizo de la tecnología del video una estética desafiante. Y al igual que con Valentino, su funeral fue un evento monumental porque nos interpela sin discriminación: todxs somos sus viudxs tecnotransexuales. Pero ahora la tecnología voraz no para: la medicina forense sigue con sus técnicas necrófilas de autopsias donde dicen y se desdicen, porque la ambigüedad de Jackson no para ni post mortem. Eterno en su provocación, su cuerpo aún sigue siendo un discurso de signos en contradicción, para la interpretación latente, un Frankenstein semiológico que revive todo el tiempo: un moderno Prometeo secular que no necesita el fuego de los dioses para generar verdadera vida, sino que se despierta con cada clic mundano sobre un píxel monstruoso que hace pop.

viernes, 20 de junio de 2014

Al Pie de Hitchcock

"Para mí el cine no es una porción de vida, sino una porción de torta. Hay un montón de películas sobre la vida, las mías son como una porción de torta", dijo Alfred Hitchcock, uno de los creadores del film noir con Rebeca, una mujer inolvidable (1940), aunque la gran mayoría de críticos e historiadores no la considere dentro de esta categoría. Allá ellos y acá nosotras y nosotros para ver este corto titulado Key Lime Pie (2007), dirigido por Trevor Jimenez, que es una obra maestra de la animación noir (género que casi les diría que inaugura y es el único exponente), que hubiese hecho reír mucho a Hitchcock, el hombre que sabía demasiado de glotonería cinéfila. (Aclaración: está en inglés sin subtítulos, pero éntrenle igual si no caza una porque es visualmente universal).




jueves, 19 de junio de 2014

La muerte le sienta bien

Como homenaje tardío al pacto suicida ejecutado con un arma de fabricación casera por los hermanos Lily Süllős y Luis Süllős, va este texto del dibujante, escritor y guionista Topor, que siempre me mata de risa. ¡Viva la muerte!

Cien buenas razones para suicidarme de inmediato
Por Roland Topor (1938 - 1997)*

1. Es la mejor manera de asegurarme que no estoy muerto.
2. Para que el censo pasado esté incorrecto.
3. Me esperan bajo tierra para empezar la fiesta.
4. Les disparan a los caballos, ¿no es así?
5. Agrandaré la estima de mis contemporáneos.
6. Escaparé de la ansiedad que me causa la llegada del año 2000.
7. ¡Como Werther! No se dudará más de mi cultura.
8. Burlaré al cáncer.
9. Demostraré que mi horóscopo miente.
10. Le arruinaré la vida a mi psicoanalista.
11. Para evitar tomar partido en las elecciones.
12. Remedio infalible contra mi calvicie.
13. Finalmente empezaré desde cero.
14. La muerte ennoblece: ¡por fin seré un caballero!
15. Me sentiré menos solo.
16. El próximo Día de Muertos será mi fiesta.
17. El costo de vivir aumenta, pero la muerte permanece asequible.
18. La mejor forma de volver a las raíces.
19. Por fin un arte marcial que sé manejar.
20. Para ser un buen ecologista: voy a fertilizar el pasto.
21. Para marcar el día con una piedra blanca.
22. Mis órganos podrán servirle a otros que les den mejor uso.
23. Dejar espacio a los jóvenes.
24. ¡Al fin un papel protagónico!
25. Para tener las ventajas del exhibicionismo intrínseco en la sala de disección.
26. Para probar las sutiles delicias de la reencarnación.
27. ¡Para terminar con la pesadilla de los años bisiestos!
28. Para darle una dimensión moral a mi obra.
29. Para que crean que tengo un sentido del honor.
30. Para que este texto tome el valor de un testamento.
31. Devendré ciudadano del mundo.
32. La eutanasia no está hecha para los perros.
33. Tendré la última palabra.
34. El 67% de los franceses apoya la pena de muerte.
35. Porque es una buena manera de dejar de fumar.
36. Para simplificar mi dualidad: si quedo solo nadie disputará mi visión.
37. Una partida es menos laboriosa que un parto.
38. No tengo nada qué hacer.
39. No quiero aumentar el déficit de mi seguro social.
40. Para matar un judío, como todo el mundo.
41. Para formar parte de la mayoría silenciosa. La verdadera.
42. Quiero dejar una viuda radiante de juventud.
43. No quiero vivir con el temor de que falle mi desodorante.
44. Escaparé así a la próxima movilización general.
45. Por conservar mi misterio.
46. Para probar que la bomba de neutrones no puede hacerme daño.
47. Para bajar de peso sin hacer dieta ni mover un dedo.
48. Quiero participar del proyecto nacional de vacaciones planeadas.
49. Quiero evitarle a alguien más las malas consecuencias de cometer un asesinato.
50. Para ahorrar energía, café y azúcar.
51. Para nunca más sentir vergüenza de verme en un espejo.
52. ¿Y si soy inmortal? Hay que saberlo lo antes posible.
53. Una boca menos que alimentar.
54. Para probar a TODOS que no soy un cobarde.
55. Para contar a quienes lloren en mi entierro.
56. Para ver del otro lado si estoy ahí.
57. Para arrancarme toda la cabeza de una vez, en lugar de arrancarme las canas una por una.
58. Con un revólver: para hacer ruido después de las 24.
59. Con gas: para saborear el encanto del último cigarro.
60. Ahorcado: para hacer de una soga ordinaria un excelente amuleto de la buena suerte.
61. Bajo un tren: para prolongar las vacaciones de otros.
62. Con barbitúricos: mañana me quedaré en cama hasta tarde.
63. Electrocutado: para darme una buena sacudida.
64. Defenestrado: para escapar de mi terror a los ascensores.
65. La muerte, al parecer, es fácil. Me voy a aprovechar de ella.
66. Si pongo mis suscripciones en espera, no me perderé de nada.
67. Para ser bueno con los animales (pequeños).
68. Para morir en el mismo año que Elvis Presley.
69. Para no pagar impuestos.
70. Para no pagar el alquiler.
71. Para dejar de roncar.
72. Para regresar en las madrugadas y tirarle los pies a mis enemigos.
73. Para evitar plagiarme a mí mismo en la vejez, como Georgio de Chirico.
74. Porque soy una especie en peligro de extinción que nadie protege.
75. Porque elegí una gran frase de despedida para el último momento y si espero demasiado la puedo olvidar.
76. Para cortar de una vez por todas el cordón umbilical.
77. Para ser el fundador de un nuevo estilo: el Dead Art.
78. Para ver, en exclusiva mundial, la película de mi vida.
79. Para ver si del otro lado todavía hay vírgenes.
80. Para ver si me visten bien cuando me amortajen.
81. Porque quiero usar este epitafio divertido: ¡Ya era hora!
82. Para ver si los paralíticos se curan en mi tumba.
83. Para que el siglo XX al fin tenga un evento de importancia.
84. Para darme un festín con la sangre exquisita de las doncellas cuando me convierta en vampiro.
85. Porque siempre he querido hablar una lengua muerta.
86. Para hacer saber a todos, de manera impactante, mi postura con respecto al suicidio.
87. Porque París ya no es lo que era.
88. Porque Groucho Marx está muerto.
89. Porque ya leí todas las aventuras de Sherlock Holmes.
90. Porque estoy decepcionado de todas las predicciones meteorológicas.
91. Para que los otros sigan mi ejemplo.
92. Para empezar mi revolución.
93. Para demostrar mi destreza, si es que no fallo.
94. Para renovar mis amistades.
95. Para mudarme.
96. Para estar por encima de la ley.
97. Porque un suicidio bien conducido vale más que un coito mediocre.
98. Para no morir en un hospital.
99. Para que mi sangre haga una bonita mancha en un lienzo.
100. Porque tengo 1000 buenas razones para odiarme a mí mismo 

* Publicado en “Le Fou parle”, número 3, octubre-noviembre 1977.

martes, 7 de enero de 2014

La remera del pez espada

Hace casi veinte años que escribo principalmente crítica de cine. El último año traté de despejarme un poco, casi que me tomé año sabático para sacudirme de encima la cinefilia vomitada en texto, y escribir y dibujar sobre otros hemisferios de mis papilas gustativas. Aunque siempre vuelvo porque soy cinéfago, me como al cine doblado o con subtítulos. Ahora regreso a este blog con una de mis últimas críticas, pequeño texto que escribí a fines de 2012 para la versión web de la revista El Amante, en el contexto de un dossier motivado por el suicidio del gran Tony Scott. Es sobre una película que me define un poco y le dedico la crítica a Hernán Panessi, un capo que banco muchísimo, y que me alienta a escribir, y a los amigos y amigas de Laptra, cuya remera tengo puesta desde que canto sus himnos gloriosos.

Marea roja (Crimson Tide, EE.UU, 1995, 116') dirigida por Tony Scott, con Denzel Washington, Gene Hackman, Matt Craven, George Dzundza, Viggo Mortensen, James Gandolfini.

Tony Scott le pone la frutilla escarlata a su glorioso y salvaje primer lustro de los 90 con la reafirmación de un axioma cinéfilo: las películas de submarinos son todas buenas. Pero este ejemplar está un grado arriba de sus camaradas del subgénero porque se adelanta a Scream en su idea de película de submarinos con gente que sabe de películas de submarinos, un metasubgénero que no llega a tener el nivel de ostentación demagógica de la saga de Craven-Williamson. En cambio, Scott sigue el tic-pop tarantinesco de la cinefilia explícita pero sofisticada en la discusión de los personajes, que acá, por ejemplo, recuerdan al Robert Mitchum de The Enemy Below (1957), modelo de dureza actoral que hereda todo el cast de Marea roja (y se hace carne, por ejemplo, en el hoyo en el mentón de Viggo Mortensen). No solo en la interpretación hay perfume old spice, también en la apelación constante a la Guerra Fría. La alianza tarantinesca de Scott, arrastrada desde la película anterior, Escape salvaje (True Romance), no solo explota en la cita pop (se estimula a la tropa con analogía a Star Trek o se discute si Kirby o Moebius son los mejores dibujantes de Silver Surfer), sino también en diálogos con ingeniosa esgrima verbal, con los antagonistas poniéndose la camiseta de pez espada: “Estamos acá para preservar la democracia, no para practicarla” (Gene Hackman); “En tiempos nucleares, el verdadero enemigo es la guerra” (Denzel Washington).

Es probable que el poder dramático del subgénero submarino sea su unidad de espacio claustrofóbico que empaqueta todo en una narración ajustada hasta la asfixia, pero también porque el suspenso tiene mucho que ver con la belleza dramática de las escenas subacuáticas (los clichés del subgénero: la inundación del submarino, el combate a torpedazos), que Scott entrega con discreta estilización olímpica, como un clavadista que se hunde sin salpicar de más (tras el suicidio de Scott, arrojándose de un puente, esta puede ser una comparación un poco negra, pero valga como homenaje a quien murió en acción, en su ley).

Pero toda la inteligencia audiovisual de Marea roja está en el prólogo, a partir de un efecto del montaje: a un informe de la CNN sobre la supuesta amenaza bélica desencadenada por Rusia le sigue un feliz cumpleaños infantil con un mago, ambas secuencias filmadas en video, a diferencia del resto de la película. Trucos mediáticos, lo íntimo y lo político a un corte directo de distancia, ambos homologados por el formato, pero también montando un diálogo entre la idea de engaño de la puesta en escena, tanto de la felicidad como del horror, como expresión del gran conflicto contemporáneo, nada abstracto por la cercanía de la Guerra del Golfo. Pareciera más bien un comienzo distanciador a lo Brian de Palma, esos gestos formales que bien activados son un arma cargada de cine. A veces Scott no hacía películas de género donde la acción y la reflexión eran irreconciliables, sino que se movían con la misma fuerza. Y si esta es una de las películas más antibélicas que existe (releer la frase de Washington de arriba) es porque los protagonistas se cagan a trompadas. Scott podría repetir lo que decía Herman Melville, alguien que también supo transitar los mares con inteligencia y sensibilidad: me gustan los pacifistas, sobre todo los que pelean.